Lo importante son los colores del corazón


¿Por qué no decir “All lives matter”? La amistad de dos niñas unidas contra el bullying refleja la famosa frase de El Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

Por Claudio Fabian Guevara

¿Por qué no decir “All lives matter”? Los eslóganes y reivindicaciones en base al color de piel de las personas contienen en sí mismos principios segregacionistas. La clasificación de personas y minorías según criterios de raza u origen étnico tendrán siempre fronteras borrosas. Y no explican la complejidad de las experiencias humanas más profundas.

Quiero contar una historia personal para ilustrar la famosa frase de El Principito: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

Hace 15 años, mi hija Paloma y yo vivíamos solos en Leeds, Inglaterra. Mi niña tenía 8 años y éramos felices, excepto por el bullying que ella sufría en la escuela. Era alumna de Harehills Primary School, una institución con un gran porcentaje de estudiantes de distinto origen étnico. El bullying no respondía a ningún patrón racial. Como casi todo lo que observamos en la vida.

Definir a las personas por su “raza” es tarea difícil. Es sólo una decisión arbitraria y su validez depende del contexto. Paloma es de piel blanca, blanquísima como su abuela italiana. Pero su corazón tiene muchos colores. Su madre es cubana, una morena de Santa Clara que puede definida como “negra” en Argentina, pero cuyo cédula de identidad cubana dice: “Raza Blanca”. Su abuelo es un morenazo argentino descendiente de indígenas, tan moreno que todo el mundo le dice “El Negro Guevara”: mi padre. En España piensan que es andaluz; en México pasa por chiapaneco, y en Cuba lo creen santiaguero.

La mejor amiga de Paloma en Harehills Scholl era Carla, hija de una mujer enorme y risueña, de origen afroamericano, una negraza de risa estruendosa que desparramaba optimismo. Al papá de Carla nunca lo conocimos, pero intuyo que era de piel blanca porque Carla tenía rasgos mixtos.

Carla y Paloma tejieron su vínculo de amistad en la resistencia contra el bullying escolar de Naomi, una niña que decidía cada día quién podía participar en el grupo de juegos y quién era excluido.

Naomi no era ni blanca ni negra, o era ambas cosas a la vez: su papá era un afrodescendiente de piel lustrosa, casi azul, y su mamá una británica de ojos celestes y piel transparente. Naomi era la niña más bonita de la escuela, y esta posición social le otorgaba un poder de manipulación que administraba con buena dosis de maldad.

Paloma volvía llorando de la escuela cuando Naomi decidía que no podía participar del juego. Carla sufría lo mismo. Las familias de ambas luchábamos contra la situación organizando actividades conjuntas en las tardes. ¿De qué color era esa amistad entre familias? ¿Color “interétnico”?

En 2006 envié a Paloma a pasar una temporada escolar en Argentina. Estaba tan feliz con la aprobación y el cariño de los escolares de mi pueblo, que por decisión familiar ya no volvió a Inglaterra. En un par de meses, hice las maletas y me regresé a vivir a mi ciudad natal.

Antes de partir, le envié a Carla una breve esquela escrita a mano, de parte de Paloma: “Estaré lejos durante un tiempo. ¡Escríbeme!”. No hubo despedidas, ni intercambios de teléfono ni de e-mails. Eran otros tiempos.

Ayer Paloma cumplió 23 años y recibió un mensaje vía Instagram: “Estoy buscando a una niña con tu mismo nombre que vivió hace tiempo en Inglaterra. ¿Serás tú?”

La foto del mensajito, escrito hace 15 años entre las cajas y bultos de la mudanza, me hizo llorar como un niño.

 

Carla ya es mamá, y sigue viviendo en Leeds. Paloma está en la dulce espera, y tendrá pronto un bebé mexicano. Ahora las conversaciones entre ambas se han disparado y tienen un color bien definido: intenso.

Dice Carla que Naomi siguió haciendo bullying, una conducta oscura que no tiene nada que ver con el color de su piel.

Lo dicho: lo importante son los colores del corazón.


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