Cinco años de vaivenes y regresos fallidos


Creo que lo que mejor define mi vida de los últimos cinco años es mi pendular entre Mercedes y el resto del mundo, en una seguidilla de intentos fallidos por radicarme nuevamente en mi pueblo natal.

paloma_guevara

 

En 2005, luego de un lustro de residencia en Europa, me mudé nuevamente a Mercedes junto con mi hija Paloma, que entonces tenía 8 años de edad. Habíamos vivido solos los últimos tres años en Leeds, Inglaterra, y habíamos construido juntos una interesante armonía familiar.[1] Vivíamos felices en Inglaterra, excepto por la ausencia de relaciones familiares, incluida su madre, que vivía en España. Nuestro regreso a Mercedes estuvo motivado en varias circunstancias.

Primero, hubo una decisión conjunta con su madre Nory de elegir un tercer país donde vivir los tres para superar la división familiar. Argentina salía de la crisis, la situación parecía mejorar, y Nory y yo acordamos mudarnos allá para poder compartir ambos la crianza de nuestra hija. Paloma había partido a los 2 años de Mercedes, mantenía una miríada de relaciones familiares, y como ciudad de pequeñas dimensiones parecía un lugar ideal para continuar con su crianza.

Hubo otro factor que contribuyó al regreso. La empresa periodística que comparto con mi familia –el grupo Radio Mercedes / El Nuevo Cronista- estaba en problemas. Mi hermano Javier, que la gerenciaba desde mi alejamiento del país en el año 1999, estaba aquejado de un fuerte estrés y necesitaba de ayuda. Esta empresa, consistente en una radio de frecuencia modulada, un periódico semanal con talleres gráficos propios y una web, empleaba entonces a una decena de personas y una buena cantidad de proveedores independientes de servicios. Toda una historia me vincula con Radio Mercedes y El Nuevo Cronista, que aparecerá una y otra vez en este relato.

El regreso deparó algunas sorpresas. Antes de mi llegada al país, mi hermano adelantó desde el editorial del periódico su alejamiento de la dirección. Es decir que apenas llegado, asumí de apuro la dirección de la empresa, que atravesaba un particular periodo.

Voy a describir algunas memorias sobre ese paisaje.

Los problemas organizacionales no me impactaron tanto como el espectáculo humano de su plantel de trabajadores y directivos. La pequeña dotación, que sólo 5 años atrás era un grupo de amigos con buena relación recíproca, se había transfigurado. Estaba dividida en tribus internas. Cundía la enemistad, el sabotaje interno y las muestras de descortesía. Había, además, un clima de abatimiento y desinterés, reflejado en el deterioro de los sistemas técnicos, el desorden y la baja calidad del trabajo en general. Muchos conflictos habían atravesado a ese grupo de personas, dejando huellas profundas. Yo recuerdo muchas personas enfermas de la voluntad, con la iniciativa doblegada y dificultades para colaborar entre sí.

Parte de los trabajadores se habían ido con demandas judiciales. Otros trabajadores comenzaron sus demandas judiciales apenas inicié mi gestión. Ninguno de los que estaba allí parecían querer estar en ese lugar: todos parecían movidos por la necesidad de huir. Esto se reflejaba en las páginas del periódico, que eran una muestra semanal de pesimismo, juicios agresivos contra las personas y noticias negativas.

Estas fueron mis primeras impresiones de la empresa de la calle 5 a mi regreso de Europa, aunque debo admitir que con el tiempo, identifiqué que muchos de estos problemas son en realidad frecuentes en otras organizaciones, y en la ciudad en general. Es como un malhumor de fondo que atraviesa buena parte de la vida en esa parte de Argentina. Algunos dicen que es un problema particular de Mercedes. Otros creen que es el carácter del país. Lo que yo digo es que nunca antes había notado que Mercedes tuviera tan marcadas esas características.

Mi interpretación entonces, sobre el clima interno de la empresa, se centró en que algunos problemas podían derivarse de fallas en el manejo empresarial, pero que la mayor influencia provenía de la debacle social originada por el “corralito” financiero de 2001, que había empobrecido dramáticamente al país en esos años, sumergiendo a la sociedad en un gran caos. [2] “Un terremoto pasó por las vidas de estas personas”, diagnostiqué, “y las enfermó de los nervios”.

Me puse a trabajar enérgicamente para reordenar la empresa, al tiempo que instalaba mi vivienda particular en uno de los departamentos situados al lado de la empresa, de propiedad de la familia.

Súbitamente, a menos de un mes de haber llegado, caí en cama. No me levanté en tres días. Mi ánimo en los días previos se había ido enrareciendo, mis energías decayeron, me había puesto más irritable que de costumbre y mi mente se había visto ganada por la confusión.

En ese entonces, consideraba que estaba afectado de depresión, y que el origen era la experiencia traumática que estaba viviendo. “Lo último que quiero es estar en este lugar donde están todos locos”, me repetía. Mi reacción inmediata fue huir. Pensé en volver inmediatamente a Inglaterra. Pero me lo impedían varias circunstancias.

Comencé a recorrer consultorios médicos. Me recetaron antidepresivos. Mi ánimo mejoraba, pero había un clima de desorden emocional-energético que parecía atacar mi voluntad. Curiosamente, ya parecía padecer los mismos disturbios del carácter que había observado a mis compañeros.

Le adjudicaba este malestar, básicamente, al caos circundante, a un malhumor de baja intensidad que parecía afectar a muchas personas y que dotaba de un aura de hostilidad a las relaciones. De a poco, me fui convirtiendo yo mismo en un generador de conflictos con la gente, así que a los pocos meses, cuando las cosas en la empresa mejoraron, volví a dejar la empresa en manos de mi hermano y volví por una temporada a Inglaterra.

Comenzó un pendular de viajes entre Mercedes y otras partes del mundo que dio origen a las observaciones que motivan este estudio. En Inglaterra noté un notorio mejoramiento de mi estado de ánimo. Sin necesidad de tomar antidepresivos, podía descansar mejor, sentirme estimulado por la vida y llevar adelante numerosas actividades. Volví a Mercedes luego de casi tres meses, y al poco tiempo noté nuevamente los síntomas de baja energía, confusión mental e irritabilidad. La interpretación que terapeutas, familiares y amigos le daban a esta circunstancia era que en Inglaterra me alejaba de los problemas que me perturbaban. Compartí este criterio mucho tiempo.

Luego de unos meses en Mercedes, hice un segundo viaje a Inglaterra y experimenté el mismo contraste de nivel de energía, capacidad de concentración y otros indicadores de bienestar. Mis estancias en Inglaterra eran en realidad periodos duros: trabajaba como maestro suplente, vivía en casas de amigos o alquilaba habitaciones, y en general no gozaba de ninguna de las ventajas y comodidades que podía tener en mi pueblo natal. Sin embargo, me sentía notoriamente mejor. Volvía a Mercedes, a esta altura, por un solo motivo: mi hija, ya arraigada nuevamente en el pueblo.

Sentí que ya no podía mantener ese pendular entre dos países, corté lazos con Inglaterra y me tracé un plan para asentarme en mi pueblo, cueste lo que cueste. Duré un año, al cabo del cual, agotado, seco de creatividad y energía positiva, volví a abandonar la ciudad, definitivamente convencido de que no podía vivir entre los míos. En aquel entonces, pensaba que mis problemas de adaptación eran culturales, que simplemente no podía vivir en Mercedes porque no compartía el carácter de la gente, sus objetivos en la vida y su cosmovisión en general. Me mudé a Puerto Vallarta, México, siguiendo una invitación de un familiar.

En México me sucedió algo novedoso. Al cabo de poco tiempo, me di cuenta que los secretos hilos que me mantienen conectado con Mercedes, con el mundo del diario y la radio familiar, se reanimaban al poco tiempo de estar lejos del pueblo. Me puse a trabajar a la distancia en los sistemas web de la empresa, movido por un entusiasmo y un nivel de concentración que no lograba hallar cuando estaba allá. Luego de nueve meses de estancia en Vallarta, y algunas experiencias espirituales que me abrieron nuevos rumbos, decidí que estaba definitivamente curado del estrés, que me sentía nuevamente con una voluntad de hierro y que mi lugar estaba en Mercedes.

Volví a mi pueblo con tanta fe en la humanidad que me propuse trabajar por el mejoramiento de la ciudad. Convoqué a amigos y activistas conocidos y propuse construir una Unión Vecinal con vistas a las elecciones. Las asambleas comenzaron a llamar la atención de mucha gente, lanzamos un programa de televisión y numerosas iniciativas políticas. Demás está decir que las cosas en la empresa familiar habían mejorado tanto que tenía la libertad de dedicarme solamente a las áreas que me interesaban, que tenían una gran libertad de horarios y que se habían despejado la mayor cantidad de los problemas que podían ser considerados “deprimentes” en la primera etapa.

Sin embargo, para mi horror, a los tres meses me deprimí nuevamente.

Comencé entonces a hacer un registro de los síntomas. Me llamó mucho la atención una sensación de parálisis en la zona del plexo solar, sobre todo por las mañanas, al levantarme. Y sobre todo, la sensación de tener interferencias en la mente.

La Unión Vecinal, además, empezó a mostrar patrones comunes con las tribus enfrentadas que hallé en el plantel de la empresa, y con la mayoría de los grupos políticos, vecinales y sociales de Argentina en ese momento: lentamente, todo el mundo se fue dividiendo, comenzaron las rencillas internas y empezó un proceso de fragmentación e incomprensión recíproca.

Luego de dos meses en ese estado de bajas energías, me volví a marchar a México para una segunda temporada. Ya había hecho algunos progresos en el análisis del problema: había disociado la aparición de los “síntomas depresivos” de las circunstancias relacionadas con el trabajo y el dinero, o los conflictos familiares. Era obvio que los síntomas eran los mismos con el paso del tiempo, pese a que las circunstancias habían cambiado para mejor. Para ese entonces, empecé a asignarle importancia a las vibraciones emocionales de las personas que me rodeaban en uno u otro lugar. “En Argentina la gente está de mal humor y me transmite ese estado de ánimo. En México están mejor y mi ánimo mejora”, asumí.

Ultimo capítulo de la serie. En México mi ánimo nuevamente mejoró sustancialmente, y ya asumí que la geografía, las vibraciones emocionales de las personas y tal vez otros factores tenían una fuerte influencia en mi metabolismo. En Julio del año 2010, al cabo de cinco años de pendular entre Mercedes y el exterior, volví a mi pueblo preparado para el “efecto”. Esta vez, ese algo en el ambiente que me afecta profundamente, me tumbó rápidamente: duré en mi estado de bienestar habitual sólo siete días.

Estaba preparado, pero no tanto. La vez anterior había durado tres meses bien. Por eso había planeado esta estancia en Mercedes de dos meses y medio. Pero mis cálculos fallaron… Ya no podía estar ni siquiera unas semanas en mi pueblo sin sentirme misteriosamente enfermo.

En Agosto de 2011 me despedí otra vez para volver a México e iniciar mi maestría en Xalapa. Llegué el 29 de Agosto, recogí mi carro que había dejado en la casa de un amigo en Tepoztlan, y desde entonces vivo en las montañas de la capital veracruzana.

Al momento de escribir estas líneas, al cabo de 10 meses, estoy a punto de hacer las maletas y emprender el regreso una vez más. Casi listo para volver a enfrentarme al fantasma.

¿Les cuento algunas cosas que me han pasado este año? Porque en el camino, en estos 10 meses de viaje y estudios, me he ido transformando.



[1] Inglaterra fue para mí una etapa de intenso trabajo y muchas realizaciones. Estudié inglés, realicé un posgrado en Educación y trabajé a tiempo parcial, al mismo tiempo que cuidaba de mi hija. Su madre, mi ex esposa Nory, que vivía en España, nos visitaba periódicamente, y un par de veces al año Paloma viajaba para pasar vacaciones con ella.

[2] Las consecuencias de este evento en la historia argentina, y su impacto en la salud mental de la población, serán objeto de mayores precisiones a lo largo de este trabajo.

SEGUNDA SECCION

Acerca de mí

¿Quién soy yo en esta investigación? ¿Qué creencias, formación, prejuicios e intereses me animan? Sin duda, no soy neutral en este camino. Tengo mi historia, y en esta sección se va exponiendo.

En la TD, el investigador, el sujeto transdisciplinario debe estar manifiesto en los textos, debe aparecer dando testimonio. Yo opino que es como una suerte de honestidad intelectual: desnudar, exponer al sujeto que discurre, en lugar de esconderlo, borrarlo mediante el uso de la tercera persona y la búsqueda de un discurso “objetivo”.

Entonces, la exposición de historias y anécdotas personales no es pura megalomanía, no se trata de que tengo un arranque de narcisismo y se me dio por hablar de mí. Relatar quién soy es parte de la tarea, señores. Y como siempre fui un alumno muy obediente, aquí va.

Nací hace 45 años en Mercedes, Buenos Aires, Argentina. “Hijo de Jorge y Alcira, nieto de Giovanni, y Elisa, Horacio y Elisa, hermano de Javier y German”, tal como me presenté una vez en una ceremonia de wachuma.

Soy licenciado en Comunicación y la mayor parte de mi vida hice periodismo. Me casé en 1997 y se separé en el 2001 de Nory Guerra Guerra, madre de mi hija Paloma Rocío.

Para no extendernos demás y concentrarnos en la historia del día, digamos que entre 1999 y 2005 viví en Europa. La historia que me vincula con esta investigación arranca con mi retorno a la Argentina, en julio de 2005.

O tal vez arranca mucho antes. Quién sabe.

Cinco años de vaivenes y regresos fallidos

Creo que lo que mejor define mi vida de los últimos cinco años es mi pendular entre Mercedes y el resto del mundo, en una seguidilla de intentos fallidos por radicarme nuevamente en mi pueblo natal.

En 2005, luego de un lustro de residencia en Europa, me mudé nuevamente a Mercedes junto con mi hija Paloma, que entonces tenía 8 años de edad. Habíamos vivido solos los últimos tres años en Leeds, Inglaterra, y habíamos construido juntos una interesante armonía familiar.[1] Vivíamos felices en Inglaterra, excepto por la ausencia de relaciones familiares, incluida su madre, que vivía en España. Nuestro regreso a Mercedes estuvo motivado en varias circunstancias.

Primero, hubo una decisión conjunta con su madre Nory de elegir un tercer país donde vivir los tres para superar la división familiar. Argentina salía de la crisis, la situación parecía mejorar, y Nory y yo acordamos mudarnos allá para poder compartir ambos la crianza de nuestra hija. Paloma había partido a los 2 años de Mercedes, mantenía una miríada de relaciones familiares, y como ciudad de pequeñas dimensiones parecía un lugar ideal para continuar con su crianza.

Hubo otro factor que contribuyó al regreso. La empresa periodística que comparto con mi familia –el grupo Radio Mercedes / El Nuevo Cronista- estaba en problemas. Mi hermano Javier, que la gerenciaba desde mi alejamiento del país en el año 1999, estaba aquejado de un fuerte estrés y necesitaba de ayuda. Esta empresa, consistente en una radio de frecuencia modulada, un periódico semanal con talleres gráficos propios y una web, empleaba entonces a una decena de personas y una buena cantidad de proveedores independientes de servicios. Toda una historia me vincula con Radio Mercedes y El Nuevo Cronista, que aparecerá una y otra vez en este relato.

El regreso deparó algunas sorpresas. Antes de mi llegada al país, mi hermano adelantó desde el editorial del periódico su alejamiento de la dirección. Es decir que apenas llegado, asumí de apuro la dirección de la empresa, que atravesaba un particular periodo.

Voy a describir algunas memorias sobre ese paisaje.

Los problemas organizacionales no me impactaron tanto como el espectáculo humano de su plantel de trabajadores y directivos. La pequeña dotación, que sólo 5 años atrás era un grupo de amigos con buena relación recíproca, se había transfigurado. Estaba dividida en tribus internas. Cundía la enemistad, el sabotaje interno y las muestras de descortesía. Había, además, un clima de abatimiento y desinterés, reflejado en el deterioro de los sistemas técnicos, el desorden y la baja calidad del trabajo en general. Muchos conflictos habían atravesado a ese grupo de personas, dejando huellas profundas. Yo recuerdo muchas personas enfermas de la voluntad, con la iniciativa doblegada y dificultades para colaborar entre sí.

Parte de los trabajadores se habían ido con demandas judiciales. Otros trabajadores comenzaron sus demandas judiciales apenas inicié mi gestión. Ninguno de los que estaba allí parecían querer estar en ese lugar: todos parecían movidos por la necesidad de huir. Esto se reflejaba en las páginas del periódico, que eran una muestra semanal de pesimismo, juicios agresivos contra las personas y noticias negativas.

Estas fueron mis primeras impresiones de la empresa de la calle 5 a mi regreso de Europa, aunque debo admitir que con el tiempo, identifiqué que muchos de estos problemas son en realidad frecuentes en otras organizaciones, y en la ciudad en general. Es como un malhumor de fondo que atraviesa buena parte de la vida en esa parte de Argentina. Algunos dicen que es un problema particular de Mercedes. Otros creen que es el carácter del país. Lo que yo digo es que nunca antes había notado que Mercedes tuviera tan marcadas esas características.

Mi interpretación entonces, sobre el clima interno de la empresa, se centró en que algunos problemas podían derivarse de fallas en el manejo empresarial, pero que la mayor influencia provenía de la debacle social originada por el “corralito” financiero de 2001, que había empobrecido dramáticamente al país en esos años, sumergiendo a la sociedad en un gran caos. [2] “Un terremoto pasó por las vidas de estas personas”, diagnostiqué, “y las enfermó de los nervios”.

Me puse a trabajar enérgicamente para reordenar la empresa, al tiempo que instalaba mi vivienda particular en uno de los departamentos situados al lado de la empresa, de propiedad de la familia.

Súbitamente, a menos de un mes de haber llegado, caí en cama. No me levanté en tres días. Mi ánimo en los días previos se había ido enrareciendo, mis energías decayeron, me había puesto más irritable que de costumbre y mi mente se había visto ganada por la confusión.

En ese entonces, consideraba que estaba afectado de depresión, y que el origen era la experiencia traumática que estaba viviendo. “Lo último que quiero es estar en este lugar donde están todos locos”, me repetía. Mi reacción inmediata fue huir. Pensé en volver inmediatamente a Inglaterra. Pero me lo impedían varias circunstancias.

Comencé a recorrer consultorios médicos. Me recetaron antidepresivos. Mi ánimo mejoraba, pero había un clima de desorden emocional-energético que parecía atacar mi voluntad. Curiosamente, ya parecía padecer los mismos disturbios del carácter que había observado a mis compañeros.

Le adjudicaba este malestar, básicamente, al caos circundante, a un malhumor de baja intensidad que parecía afectar a muchas personas y que dotaba de un aura de hostilidad a las relaciones. De a poco, me fui convirtiendo yo mismo en un generador de conflictos con la gente, así que a los pocos meses, cuando las cosas en la empresa mejoraron, volví a dejar la empresa en manos de mi hermano y volví por una temporada a Inglaterra.

Comenzó un pendular de viajes entre Mercedes y otras partes del mundo que dio origen a las observaciones que motivan este estudio. En Inglaterra noté un notorio mejoramiento de mi estado de ánimo. Sin necesidad de tomar antidepresivos, podía descansar mejor, sentirme estimulado por la vida y llevar adelante numerosas actividades. Volví a Mercedes luego de casi tres meses, y al poco tiempo noté nuevamente los síntomas de baja energía, confusión mental e irritabilidad. La interpretación que terapeutas, familiares y amigos le daban a esta circunstancia era que en Inglaterra me alejaba de los problemas que me perturbaban. Compartí este criterio mucho tiempo.

Luego de unos meses en Mercedes, hice un segundo viaje a Inglaterra y experimenté el mismo contraste de nivel de energía, capacidad de concentración y otros indicadores de bienestar. Mis estancias en Inglaterra eran en realidad periodos duros: trabajaba como maestro suplente, vivía en casas de amigos o alquilaba habitaciones, y en general no gozaba de ninguna de las ventajas y comodidades que podía tener en mi pueblo natal. Sin embargo, me sentía notoriamente mejor. Volvía a Mercedes, a esta altura, por un solo motivo: mi hija, ya arraigada nuevamente en el pueblo.

Sentí que ya no podía mantener ese pendular entre dos países, corté lazos con Inglaterra y me tracé un plan para asentarme en mi pueblo, cueste lo que cueste. Duré un año, al cabo del cual, agotado, seco de creatividad y energía positiva, volví a abandonar la ciudad, definitivamente convencido de que no podía vivir entre los míos. En aquel entonces, pensaba que mis problemas de adaptación eran culturales, que simplemente no podía vivir en Mercedes porque no compartía el carácter de la gente, sus objetivos en la vida y su cosmovisión en general. Me mudé a Puerto Vallarta, México, siguiendo una invitación de un familiar.

En México me sucedió algo novedoso. Al cabo de poco tiempo, me di cuenta que los secretos hilos que me mantienen conectado con Mercedes, con el mundo del diario y la radio familiar, se reanimaban al poco tiempo de estar lejos del pueblo. Me puse a trabajar a la distancia en los sistemas web de la empresa, movido por un entusiasmo y un nivel de concentración que no lograba hallar cuando estaba allá. Luego de nueve meses de estancia en Vallarta, y algunas experiencias espirituales que me abrieron nuevos rumbos, decidí que estaba definitivamente curado del estrés, que me sentía nuevamente con una voluntad de hierro y que mi lugar estaba en Mercedes.

Volví a mi pueblo con tanta fe en la humanidad que me propuse trabajar por el mejoramiento de la ciudad. Convoqué a amigos y activistas conocidos y propuse construir una Unión Vecinal con vistas a las elecciones. Las asambleas comenzaron a llamar la atención de mucha gente, lanzamos un programa de televisión y numerosas iniciativas políticas. Demás está decir que las cosas en la empresa familiar habían mejorado tanto que tenía la libertad de dedicarme solamente a las áreas que me interesaban, que tenían una gran libertad de horarios y que se habían despejado la mayor cantidad de los problemas que podían ser considerados “deprimentes” en la primera etapa.

Sin embargo, para mi horror, a los tres meses me deprimí nuevamente.

Comencé entonces a hacer un registro de los síntomas. Me llamó mucho la atención una sensación de parálisis en la zona del plexo solar, sobre todo por las mañanas, al levantarme. Y sobre todo, la sensación de tener interferencias en la mente.

La Unión Vecinal, además, empezó a mostrar patrones comunes con las tribus enfrentadas que hallé en el plantel de la empresa, y con la mayoría de los grupos políticos, vecinales y sociales de Argentina en ese momento: lentamente, todo el mundo se fue dividiendo, comenzaron las rencillas internas y empezó un proceso de fragmentación e incomprensión recíproca.

Luego de dos meses en ese estado de bajas energías, me volví a marchar a México para una segunda temporada. Ya había hecho algunos progresos en el análisis del problema: había disociado la aparición de los “síntomas depresivos” de las circunstancias relacionadas con el trabajo y el dinero, o los conflictos familiares. Era obvio que los síntomas eran los mismos con el paso del tiempo, pese a que las circunstancias habían cambiado para mejor. Para ese entonces, empecé a asignarle importancia a las vibraciones emocionales de las personas que me rodeaban en uno u otro lugar. “En Argentina la gente está de mal humor y me transmite ese estado de ánimo. En México están mejor y mi ánimo mejora”, asumí.

Ultimo capítulo de la serie. En México mi ánimo nuevamente mejoró sustancialmente, y ya asumí que la geografía, las vibraciones emocionales de las personas y tal vez otros factores tenían una fuerte influencia en mi metabolismo. En Julio del año 2010, al cabo de cinco años de pendular entre Mercedes y el exterior, volví a mi pueblo preparado para el “efecto”. Esta vez, ese algo en el ambiente que me afecta profundamente, me tumbó rápidamente: duré en mi estado de bienestar habitual sólo siete días.

Estaba preparado, pero no tanto. La vez anterior había durado tres meses bien. Por eso había planeado esta estancia en Mercedes de dos meses y medio. Pero mis cálculos fallaron… Ya no podía estar ni siquiera unas semanas en mi pueblo sin sentirme misteriosamente enfermo.

En Agosto de 2011 me despedí otra vez para volver a México e iniciar mi maestría en Xalapa. Llegué el 29 de Agosto, recogí mi carro que había dejado en la casa de un amigo en Tepoztlan, y desde entonces vivo en las montañas de la capital veracruzana.

Al momento de escribir estas líneas, al cabo de 10 meses, estoy a punto de hacer las maletas y emprender el regreso una vez más. Casi listo para volver a enfrentarme al fantasma.

¿Les cuento algunas cosas que me han pasado este año? Porque en el camino, en estos 10 meses de viaje y estudios, me he ido transformando.

Familia rodante: el viaje familiar como aprendizaje

No me puedo quejar de mi vida en México. En mi vaivén entre Mercedes y el exterior, en estos tres años, hice algo bien: compartir mi viaje con mi familia, hacer una travesía juntos, dos meses cada año. Empecé con mi hija Paloma, que fue la primera en venir. Los años siguientes incorporamos al viaje a los abuelos.

Vivimos una época fabulosa para viajar. La humanidad está cruzando fronteras de una manera nunca vista antes en la historia. Sin embargo, muchos de estos viajes los concebimos en su formato turístico: un itinerario planificado, hoteles, comodidades y un presupuesto suficiente para no sentirnos agobiados por el estrés de estar lejos de casa. Es que usualmente viajamos cuando nos vamos de vacaciones, y queremos descansar.[3]

En cambio, las travesías que emprendimos con Paloma hace tres años nacieron de la improvisación y la escasez de recursos. Son viajes que combinan estancias en mi casa, en campamentos, en casas de amigos y en hotelitos. Son viajes sin itinerario fijo, donde nos mezclamos con el mundo, aceptamos dormir donde nos inviten y comemos donde el azar decida.

Muchas veces me cuestioné si tenía sentido hacer un viaje sin las “seguridades” y “comodidades” que estamos habituados a dar por descontadas. Pero con el tiempo, descubrí que eran una gran oportunidad de aprendizaje de convivencia. Porque es fácil estar de buen humor, o sentirse “relajado” en un “todo incluido”, donde no sólo te hacen las camas, te sirven la comida y te llenan el vaso, sino que también hay un equipo de gente trabajando a tu alrededor para que no te aburras (y no siempre lo logran). Pero eso no se parece mucho a la vida real.

Simplemente estar en familia

Creo que estar en familia, en comunidad, es un ejercicio que tenemos que hacer más seguido. Cocinar juntos, compartir camas, recursos y espacios comunes, decidir de común acuerdo la agenda del día. En síntesis: re-aprender a estar con la simplicidad de los viejos tiempos.

Dice Enrique Vargas, uno de mis maestros: “Los seres humanos nos hemos convertido en energúmenos, tal como niños malcriados y berrinchudos. Hemos perdido la capacidad de convivencia comunitaria. Es fácil de percibir: hagamos una reunión en nuestra casa, digamos que invitamos a unos seis amigos con sus hijos durante un fin de semana. Percibamos qué sucede, veremos que a final del domingo estaremos deseosos de “estar solos”, de recuperar nuestra intimidad y nuestro espacio de casa”.

Es evidente que hemos perdido nuestra capacidad y sabiduría para la vida comunitaria: “Vivimos cada uno en su casa, muchas veces a miles de kilómetros de nuestros hermanos, padres, hijos, tíos, sobrinos, amigos, abuelos y primos”, dice Vargas. “Sólo nos reunimos con la familia unas cuantas veces al año, en el mejor de los casos. Los hijos nos “aguantan” y nosotros a ellos a lo más durante veinte años. Finalmente los amigos, tal como pusimos el ejemplo anteriormente, son nuestra más preciada compañía, pero en encuentros de sólo unas horas seguidas, a lo más…”

Un trío de viaje

Tenía en mente la necesidad de cultivar este clima familiar cuando en los últimos dos viajes incorporamos a mis padres. Entonces, un año junto con Paloma vino la abuela Alcira, y en otro al abuelo Jorge. En ambos casos dudé, dudé muchas veces que un trío tan heterogéneo pudiera funcionar. “Dos meses es mucho tiempo. Tenemos diferentes edades. Nos vamos a aburrir. Una travesía tan larga es cansadora y corremos el riesgo de terminar peleados”, me decía a mí mismo.

Es que muchas veces, estamos más conectados con las pantallas que entre nosotros mismos. Los dispositivos electrónicos nos hipnotizan. Si nos desconectan del monitor y nos ponen a los miembros de una familia frente a frente, los primeros minutos nos embarga una terrible sensación de incomodidad, de vacío, de no saber qué decir…

Todo tenemos miedo a menudo de enfrentar este momento. Sin embargo, la verdad es que con las horas, nuestra humanidad básica aflora, la empatía resurge y los lazos afectivos vuelven a hacer su trabajo. Solo hace falta emprender el ejercicio de estar juntos. No es tan difícil. Y al final del viaje los recuerdos de alegrías se amontonan y sonríen detrás de cientos de fotos.

Recuerdos de una travesía

Desde cierto punto, incorporar a mis viejos (“mis jefes”, diríamos en México) era una apuesta arriesgada. Tenemos el prejuicio de que las personas de cierta edad suelen ser un problema para viajar, porque su salud es más débil o su estado físico menos resistente. En suma: creemos que los viejos son un estorbo, que no tienen onda o que le van a quitar diversión a la cosa.

Pero mi experiencia fue la inversa. Mi madre, con más de 70 años, pasó una semana en un campamento por primera vez en su vida, hizo snorkel, aprendió a jugar al pool y se tiró por toboganes gigantes. Después de dos meses de travesía volvió a Mercedes más flaca, más ágil y llena de nuevas historias.

Mi padre, con 73, empezó a aprender inglés en una academia, bailó en una tanguería de Puerto Vallarta, agasajó con empanadas a una banda el día de su cumpleaños y volvió a Mercedes con nuevas habilidades web.

Evoco decenas de imágenes, y estoy orgulloso de que sigamos corriendo aventuras juntos. No es lo mismo mostrarles a mi regreso un álbum de fotos de lugares lejanos, que el ejercicio de estar aquí, tener vivencias comunes y construir recuerdos compartidos. Que conozcan los pequeños apartamentos donde vivo, que disfruten de las mansiones de amigos que nos hospedan, que sientan en vivo y en directo los olores y los sabores de este país vibrante e inagotable. Me gusta que hagamos el ejercicio de ser felices en cualquier parte donde la travesía nos lleve: en un campamento de playa, en un hotel 4 estrellas o en una pensión ruidosa donde el trajinar de los viajeros no se detiene en toda la noche.

Una despedida temporal

Las despedidas nunca son fáciles.

Pienso en todo esto mientras empaco las cositas de Paloma: revistas de pop stars que fue coleccionado en el camino, recuerdos del viaje, un ticket de cine. El recibo de un mecánico dispara el recuerdo de una mañana en que tuvimos en empujar el auto marcha atrás y cuesta abajo, y un agente nos paró el flujo de tránsito para ayudarnos. Entre maletas y restos de comida resurgen conversaciones de música y películas, la historia del té quemagrasas, la anécdota de cuando el abuelo casi se ahoga al caerse del kayak o el recuerdo del payaso que se había enamorado de la abuela.

Las despedidas nunca son fáciles. Recojo los libros de Paloma, que se llevó muchas materias y se pasó las mañanas estudiando, de casa en casa, de hotel en hotel. Pasarán meses hasta que vuelva a verla. Se me encoge el corazón cuando repaso su cartuchera, su neceser de mujercita, su libretita de apuntes donde anota recuerdos íntimos (“No mirar. ¡Prohibido!”).

Cada objeto, cada pedacito de equipaje cuenta una historia. Cuando ciertas cosas pasan dos meses en tu entorno se convierten en parte de tu familia. Meterlas en una valija es como un entierro, un duelo inexplicable, una pequeña muerte.

Cuando los despido en el aeropuerto tengo ganas de llorar, pero estoy feliz.

Familia rodante

Por eso quiero más. Ahora que vuelvo a Mercedes estamos planeando un viaje a Madrid, con los Timossi, los Fioretti, el “Loco” Ponce y amigos, a visitar a Cacho y a Gerchu, y a hacer una travesía juntos hasta París en la casa rodante de mi hermano. Vamos a ser un grupo delirante por las carreteras de Europa, con poca plata y poco equipamiento, perdiéndonos al tratar de esquivar los peajes y haciendo papelones en los restaurantes. Pero va a ser inolvidable.

Se lo recomiendo a todo el mundo. Si pueden, júntense, amontónense y salgar a rodar. Incorporen a los viejos, a los chicos, a todos los que puedan. Al principio se hace difícil, pero después todo fluye. No importa si el auto se rompe, si se pisotean en la carpa, si les pican las migas de pan al dormir, si la abuela eructa o el tío se tira pedos. Toda esa revoltura es lo que somos. Y al término de la travesía brota una magia que nos une, nos alimenta y nos extiende la vida a todos.

En fin.

Pensándolo bien, ahora me pregunto si no será ese sentimiento de comunidad y familia es lo que me lleva todo el tiempo a Mercedes.

Porque los mercedinos somos una gran familia, dice mi amiga Yamila.

El poder de la oración: Confesiones de un ateo

Una reciente anécdota es útil para retratar quién estoy siendo por estos días.

Un amigo y vecino de Mercedes, Pablo Stasiuk, comentó una foto mía de perfil de Facebook donde parezco estar rezando: “Se volcó al Cristianismo, Guevara”?, me preguntó.

Pablo integra una familia de una histórica militancia comunista, y con su pregunta alude a mi postura antirreligiosa y anticlerical de tantos años. Le respondí que, en realidad, en la imagen estaba mirando los bocetos de preparación del primer número de Hola Leeds, una revista que fundé con unos amigos en Inglaterra en el año 2004. Me veo de perfil, con los ojos entornados, y las manos juntas en actitud de oración.

“No estaba rezando”, afirmé yo. Muy serio. Y algo inseguro, creo.

México mágico

¿No estaba rezando?

Me puse a pensar en cuántas actitudes religiosas fui incorporando en mi vida desde que llegué a México. Y me doy cuenta de cuántas contradicciones despierta en mí la tradición racionalista en la que fui educado, y la experiencia de sentir que hay verdades en la vida más allá de toda explicación “científica”.

En México es común un pensamiento mágico, que populariza consejos tales “sigue las señales” o “sigue a tu corazón”, y la devoción por la virgen de Guadalupe se mezcla con rituales prehispánicos y todo tipo de ceremonias paganas. En México me abracé a una convivencia cotidiana con un sentido religioso de la vida que brota por todas partes. Este país es una combinación de moderna sociedad occidental con culturas indígenas milenarias, que aportan su propia mirada religiosa sobre la vida.

En ese baño cotidiano de espiritualidad, me encuentro con que he orado muchas veces en los últimos meses.

He orado en los rituales previos al chi kung, en la palapa del Centro Ecodiálogo, haciendo el saludo a los cuatro puntos cardinales y entonando mantras, con mis maestros Enrique y Eduardo. Y en varios temascales con la abuelita Fabiola.

He orado ante una imagen gigante de la Santa Muerte, en casa de unos inefables personajes de la noche, que me presentaron a su madrecita con una devoción difícil de describir.

He orado en las montañas de Guadalajara, en una ceremonia de yopo.

En todas esas ocasiones he rendido homenaje verbal al mundo, he pedido por mis intenciones. He orado, en suma.

Manifestando intenciones

Ahora habla mi ser racional.

El recorrido de estos años me ha llevado a mirar a las religiones como un lenguaje universal, un flujo de significados que recorre todas las culturas, diferentes versiones de una misma canción que “brota” de una forma inexplicable. Dentro de ese lenguaje, la oración es un componente universal.

Rezar, bendecir, orar son todas expresiones de una intención. Y aunque sea inexplicable parece tener una mágica influencia.

Mi ser racional necesita explicaciones “técnicas”, “científicas” que expliquen los “fenómenos”. Entonces organizo indicios, y los enumero:

· En el mundo secularizado, las modernas técnicas de “coaching”, inteligencia emocional, liderazgo, etc proponen muchos principios derivados del poder de manifestar una intención.

· Bendecir los alimentos influye positivamente sobre su energía cuántica, dicen algunos físicos.

· La palabra bien intencionada puede curar, muestran numerosas evidencias.

· La intención modifica la estructura molecular del agua, dice un científico japonés.

· Y así en la misma línea de indagación.

Pero tal vez no hace falta complicarse tanto.

Practicar para entender

Para mi ser intuitivo -que estoy aprendiendo a escuchar- la cosa es más simple. Expresar nuestras intenciones derrama una carga de energía sobre el mundo que nos rodea, y que eso es difícil de explicar pero es fácil de sentir, si se lo practica. Podemos aprender más sobre el poder de la oración a través de la experiencia, de ejercitarla, que razonando sobre ello.

Esto ya lo saben los millones que a diario se recogen en una ceremonia, íntima o pública, y piden por sí mismos o por los demás. Ellos saben del poder de la oración, lo conocen por experiencia y además, responden a un llamado interior que existe en las personas desde hace miles de años, y no necesitan ninguna fundamentación lógica que justifique su “utilidad”.

Yo estuve muchos años ignorante de ese sentimiento, y hoy en cambio soy consciente de que casi todos tenemos ese rincón mágico: le hablamos a nuestros muertos, le hacemos reverencia a una camiseta o una bandera, portamos amuletos. De algún lado viene ese sentimiento, y aunque la sociedad mecanicista tiende a aplastarlo, creo que es prudente cultivarlo, atenderlo.

Hoy soy consciente de que aunque no sea en un templo, casi todos oramos.

Oramos, aún sin fórmulas religiosas, cuando pedimos de corazón por un cambio político en el mundo. Cuando hacemos fuerza por la salud de un ser querido. Cuando se encara una obra con entusiasmo y pasión, y se derraman palabras llenas de ilusión.

Por eso ahora pienso en lo que vio Pablo Stasiuk en la foto, y creo que tiene razón. Me acuerdo de aquellos días de preparación de Hola Leeds, de la emoción que había en el ambiente, de todo el corazón que estábamos poniendo en la obra. Esa postura de reverencia, de fervor religioso, tal vez no fue casual.

O sea que sí, Pablo. No me convertí al cristianismo, pero tal vez estaba orando sin darme cuenta.

Los chamanes de Xico


A esta altura de mis relatos, no sorprenderá que anuncie que he iniciado mi camino personal en el chamanismo.

Habiendo expuesto mi creencia en el poder de la oración, algunos amigos piensan que estoy a punto de anunciar mi conversión. Pero no se trata de que, desde aquel ser racionalista y escéptico, ahora me he vuelto místico. No. En realidad, creo que abracé el chamanismo porque se presentó de forma natural, y a la vez que me abre una ventana de exploración, me da algunas respuestas a algunas preguntas “científicas”.

En marzo de 2011 conocí en un temazcal a Marco Fabricio Castillo Rivera. Marco es a la vez un chamán y un científico.

Es ingeniero, y recorre el mundo instalando un sistema de su autoría para purificar aguas servidas mediante cultivos bacterianos. Al mismo tiempo lidera un grupo de sanadores que ofrece sus servicios gratuitos todos los domingos en una tienda ecológica de Xico, un pueblo mágico de Veracruz. Cuando le conté que estaba investigando sobre la influencia de ondas y campos magnéticos en la salud, y le pregunté sobre su trabajo en la sanación, me invitó a participar del grupo. “Siento que eres un hombre de buen corazón, y el chamanismo es sólo cuestión de arrojo, de animarse. Practicándolo, entenderás mejor de qué se trata esto”.

Así que desde unos meses atrás, soy aprendiz de chamán. Pasen y vean.

Una nube de sanadores

Las sesiones de sanación de los chamanes de Xico se desarrollan en la trastienda de “Mujeres con huevos”, una tienda agroecológica del centro del pueblo. Allí, todos los domingos por la mañana, los consultantes esperan su turno en una salita.

Los sanadores somos un grupo heterogéneo. Marco oficia de chamán jefe, con varios colaboradores que practican la sanación junto a él. Uno de los más antiguos es Marcos (con “s”), un hombre maduro que cuenta cómo desde su juventud comenzó a recibir señales sobre su capacidad sanadora, y aunque dedicó la mayor parte de su vida laboral a actividades comerciales, hace pocos años se rindió ante la fuerza de las evidencias y comenzó a participar del grupo. El otro es Moisés, un joven veinteañero que se toma muy en serio este trabajo voluntario. . Muestra un aplomo inusual en gente de su edad, y viaja desde lejos, todos los domingos. El grupo se completa con cuatro mujeres: Susan, Marisela, Heidi y su hija Melisa. Imagínense: cuatro ángeles. Y desde hace pocas semanas también participa Miguel, un jovencito-niño con una energía increíble.

Los pacientes pasan, se instalan en una camilla o una silla, y son atendidos por diferentes equipos. Nos repartimos entre un cuartito con una camilla y un patio con dos sillas. La sanación comienza con un diálogo, donde el consultante relata sus malestares y los sanadores lo escuchan y repreguntan. La conversación suele girar en torno a relaciones familiares, problemas y asuntos que los disgustan. Simultáneamente con el diálogo se realiza un trabajo de armonización energética sobre el cuerpo del paciente: las manos de los sanadores planean suavemente sobre ciertas áreas sin hacer contacto, como un escáner que detecta calor, frío o perturbaciones energéticas, en el pecho, en el abdomen, en la cabeza. Se apoyan dedos y manos en puntos precisos. Se masajean brevemente la espalda, las piernas y los brazos. Los gestos usualmente transmiten un intento de apantallar la energía corporal del enfermo, “arrancar” los malestares y arrojarlos a un costado.

La gente habla, abre su corazón, frecuentemente llora. La palabra ocupa un lugar central en el rito sanador.

Las sesiones suelen ser divertidas. A veces somos cuatro o cinco sanadores, una verdadera nube de gente, trabajando sobre un paciente semidormido, mientras contamos chistes, conversamos de temas cotidianos o de experiencias mágicas. Son frecuentes los intercambios de opiniones sobre el estado del paciente: que si tiene problemas digestivos, que si las contracturas de su espalda obedecen a la relación con su pareja o a las preocupaciones económicas. Otras veces toda la energía del grupo se centra en escuchar al consultante mientras se trabaja sobre su cuerpo. Es enternecedor ver a la gente hablar de temas íntimos casi en público, frente a un grupo de desconocidos que abrazan sus piernas y acarician su frente. Te hace ver que en ciertos estados emocionales, podemos sentirnos instantáneamente hermanados con cualquier ser.

A veces sucede que todo lo extraño se amontona en una hora, y un clima de completa locura se apodera de la sesión: se habla de vidas pasadas y visiones sobrenaturales, se recuerda una sesión en que el demonio apareció dibujado sobre la espalda de un joven, se cuentan anécdotas de milagros y maldiciones, y entre todo el bullicio de repente un paciente llora, y al rato se ríe, y un gato cruza el cuarto, y Miguel se pone a eructar como un poseído, con los brazos extendidos como un Cristo, eructa una y otra vez y dice que está evacuando un malestar que le llega de algún paciente…

Lo dicho: a veces da la impresión de que estamos todos locos. Y aunque lo estemos, lo verdaderamente importante es que somos un circo efectivo. ¿No es una locura también el espectáculo de un hospital, de sus profesionales, con sus creencias y sus métodos? Es difícil describir exactamente qué hacemos, pero montamos un espectáculo espontáneo y sincero, un cabaret místico que funciona. Contamos con la poderosa influencia de la palabra, de los abrazos y del afecto que vibra en el ambiente. De alguna manera oramos por el paciente, le hablamos con buenas intenciones, damos un servicio de corazón. Y yo creo que la sanación consiste nada más que en eso. Tan simple y tan efectivo.

Yo he visto mucha gente llegar devastada y salir notoriamente recuperada en menos de una hora. He visto a una mujer casi paralizada en silla de ruedas, que se va reanimando de forma sorprendente con el curso de las semanas. Y he visto, sobre todo, mucha gente que vuelve cada domingo, porque lo necesita, porque se siente mejor.

¿Como funciona?, pregunta mi ser racional, que demanda explicaciones y datos.

El milagro no lo opera el sanador, aclara Marcos, sino el propio enfermo. Lo que los chamanes de Xico hacen es mover las energías del visitante, crear un clima de afecto y cuidado, y apelar a la imaginación para crear “efectos” en la mente de los pacientes que ayuden a restablecer la confianza del enfermo en su pronta sanación.[4] El enfermo se cura solo. La magia la opera un sanador lo suficientemente persuasivo o sugestivo que pone en acción un acto que activa en el enfermo sus capacidades autocurativas y regenerativas. Por otra parte, el propio bienestar del sanador se presenta como un objetivo a conseguir, “se le antoja” al enfermo, que recupera su confianza en su propio bienestar y retoma el camino hacia la salud.

Marcos ofrece la idea de que el sanador, al sanar a otros, se sana a sí mismo. La propia práctica sanadora funciona como una terapia para el sanador. Y que todos podemos ser sanadores. Todos tenemos la capacidad, sólo hace falta desarrollarla.

Mucho más allá de los razonamientos, yo estoy tan convencido de las bondades de sanar para conservarnos sanos, que quiero hacerlo a mi retorno a Mercedes. Quiero ver cómo me siento haciéndolo allí, quiero experimentar el bienestar simple del milagro emocional que produce la palabra, el afecto, los masajes y los abrazos. ¿Me servirá para “blindarme” contra la caída de energías?

Quiero, además, ver cómo lo percibe mi comunidad. Porque Mercedes es todo un mundo.

Mercedes y la leyenda de la nube negra

En Mercedes están todos locos. Punto.

Creo que ésta es una de las pocas frases en las que un mercedino puede estar de acuerdo con otro mercedino: “En Mercedes están todos locos”.

¿Somos tan así?

Mercedes carga con un estigma pesado, a decir verdad. Pero voy a hablar de mi pueblo con amor, que se lo merece.

A 100 kilómetros de la Capital Federal, Mercedes Buenos Aires es una ciudad de campo a un paso de la gran metrópolis. Nació hace 250 años como avanzada militar contra el indio, y desde entonces conserva algo de aquel carácter castrense.[5] Aún hoy concentra una amplia jurisdicción judicial, policial e impositiva, tiene una cárcel de importancia y un instituto de formación para gendarmes, y hasta hace pocos años fue sede del Regimiento de Infantería 6. Es una ciudad con una gran presencia de instituciones del Estado, que a principios del siglo pasado compitió por ser nominada capital de la provincia. Y es sede de la arquidiócesis de Mercedes – Luján de la Iglesia Católica, cuya catedral domina la plaza principal.

Mercedes es un antiguo enclave señorial del orgulloso Estado argentino de principios de siglo pasado, bastante venida a menos, no sólo por la amputación gradual de funciones burocráticas y administrativas, sino también por la pérdida de peso poblacional y gravitación económica en la región, al menos en comparación con las vecinas Luján y Chivilcoy. En la mente de los mercedinos siempre estamos perdiendo posiciones frente a ellos: que la Brahma se fue a Chivilcoy, que el turismo se lo lleva todo Luján, y así por el estilo…

Para muchos mercedinos, el lamento es repetitivo: Mercedes no es lo que hubiera podido llegar a ser. Es una nostalgia de grandezas perdidas. “La Perla del Oeste”, como se la conocía hace un siglo, perdió el avión varias veces. Vivimos con esa historia en la cabeza. “Parecemos meados por los perros”, diría mi madre.

Visto desde Mercedes, todo va para el culo. “¿Para qué volviste”? me dice la gente cuando vuelvo.

La víspera de uno de mis viajes a México, una amiga me alentó diciéndome que una toma fotográfica de no sé que tipo, había mostrado a Mercedes envuelto en una nube negra. La imagen me quedó en la memoria: una nube de energías negativas cubre el pueblo.

¿Somos tan así?

Algo de eso hay, tal vez. Pienso en Mercedes cuando leo a un escritor esotérico que habla sobre la energía negativa de los lugares donde funcionan sistemas represivos, los sitios donde hubo ajusticiamientos o donde flotan las energías remanentes de personas que han sufrido. En Mercedes no sólo funciona la Unidad Penitenciaria 5, enclave que pone a la ciudad en las noticias del país cada vez que surge un motín, por ejemplo. También tiene su centro el Departamento Judicial de Mercedes, que abarca a una gran cantidad de partidos, y por lo tanto la ciudad está poblada por una nube de abogados y otros oficios relacionados con el litigio. Hay que gente que culpa a esta circunstancia por el clima de conflicto que parece vivir, de tanto en tanto, la ciudad.

El conflicto es notorio en la arena política. Leo los diarios de Mercedes, y desde hace meses, es noticia permanente la pulseada entre dos facciones del oficialismo kirchnerista en el gobierno. Desde las noticias, las declaraciones y los comentarios de los lectores en la web, se tiran con todo. Son en realidad, casi de la misma familia: son el partido en el gobierno, tienen todas las de ganar en las próximas elecciones de octubre, pero parecen peleados a muerte.

Nos pasa seguido, en Mercedes, de alimentar rencores duraderos por cosas menores. ¿Será que somos pocos y nos conocemos mucho? Me acuerdo de aquel dicho que dice: “Las peleas entre extraños se resuelven en un año. Las peleas de familia se acrecientan día a día”

Las peleas son cosa seria en este pueblo. Hasta hace pocos años, el festejo del Día del Estudiante solía terminar en verdaderas batallas campales entre barras de diferentes colegios. Todo un operativo entre policía y autoridades comunales recientemente logró contener esta tendencia, que sin embargo se autorreproduce a través de otros eventos. La cultura de las barras y la violencia juvenil arreciaron en el último año, y se cobraron la vida de dos jóvenes en peleas callejeras durante 2010. Ambos sucesos pusieron a Mercedes en el foco de las noticias nacionales. Mientras escribo estas líneas se difunde que habrá fecha de juicio para los implicados en el caso Duarte, un episodio por el cual siete jóvenes están acusados de haber dado muerte a golpes de un joven de otra ciudad que simplemente cometió un par de gestos imprudentes en la calle.[6]

Los últimos sucesos de violencia, de los diarios de los últimos días, señalan que un hombre de 50 años apuñaló a un joven luego de una discusión. El muchacho murió poco después, y al parecer, sus familiares lo vengaron incendiando la casa del agresor. Esto no sucedió en alejados arrabales, sino en la Mercedes céntrica. Las peleas en discusiones entre vecinos fueron muchas estos años: hace falta revisar las estadísticas.

No sé por qué, pero hay un clima de crispación, de nerviosismo, de cierta agresividad que no se sabe de dónde viene. Hace unos años el concejal radical Juan Manuel Torres describió el tránsito caótico y peligroso de la ciudad como propio de “gente con desórdenes mentales”. Yo cada vez que vuelvo noto un panorama de cierta depresión colectiva, algo encubierta, irritabilidad, fatiga crónica en mucha gente, un ánimo de “cómo voy a estar contento si vivo en esta ciudad de mierda”.

Sin embargo, yo siempre recuerdo a la ciudad como un lugar con un enorme potencial, un lugar bonito para vivir. Es sede de hermosas fiestas populares –La Fiesta Nacional del Salame Quintero y la Fiesta Nacional del Durazno, entre otras-, forma parte de una zona del mundo que no sufre el embate del crimen organizado, está llena de árboles y rodeada de campo. Tiene 60 mil habitantes, se puede caminar toda en menos de una hora, y al mismo tiempo está a una hora y poco de la gigantesca Buenos Aires. La gente se queja, pero el consumo crece año a año, en el verano casi todo el mundo se va de vacaciones y los autos 0 kilómetro pueblan las calles. La ciudad tiene un altísimo nivel de tendido de agua corriente, cloacas e infraestructura en general. Por supuesto que la miseria y las desigualdades existen, pero serían problemas menores si hubiera entusiasmo y acuerdo para ponerles fin.

Yo, desde que dejé el país, siempre extrañé la Mercedes que dejé en 1999. Mis memorias hablan de una ciudad tranquila, donde pese a que imperaba el carácter argentino, casi porteño, de la zona, se vivía apaciblemente, y las peleas no pasaban de dejar algún lesionado. Nunca más volví a encontrar esa ciudad idílica.

¿Cambió el carácter de la gente por el aluvión de antenas? ¿Todo el mundo se enloqueció cuando el corralito del 2001 empobreció el país? ¿O simplemente Mercedes acompaña el crecimiento de la violencia a nivel mundial?



[1] Inglaterra fue para mí una etapa de intenso trabajo y muchas realizaciones. Estudié inglés, realicé un posgrado en Educación y trabajé a tiempo parcial, al mismo tiempo que cuidaba de mi hija. Su madre, mi ex esposa Nory, que vivía en España, nos visitaba periódicamente, y un par de veces al año Paloma viajaba para pasar vacaciones con ella.

[2] Las consecuencias de este evento en la historia argentina, y su impacto en la salud mental de la población, serán objeto de mayores precisiones a lo largo de este trabajo.

[3] Este tipo de viaje siempre nos enfrenta al grado de nuestra neurosis: cuánto necesitamos el “orden” de nuestras cosas en casa, qué poco nos sabemos acomodar a lo inesperado, cuán ansiosos nos ponemos si algo sale mal!

[4] Es decir que esta práctica se da la mano con el concepto de psicomagia de Alejandro Jodorosvky, o con los principios de la Nueva Medicina Germánica de Ryke Geerd Hamer.

[5] Entre los blasones mercedinos al respecto, cabe destacar que la ciudad fue cuna del ex presidente de facto Jorge Rafael Videla, cabeza de la dictadura militar que gobernó entre 1976 y 1983, y cuyos crímenes aún pasean por los estrados. Otro miembro prominente de ese gobierno, Orlando Ramón Agosti, nació a pocos kilómetros y se educó en escuelas mercedinas.

[6] El Nuevo Cronista relata así el suceso: “El crimen del joven de Olavarría –que murió el 12 de abril de 2010 producto de una golpiza que recibió en la madrugada del sábado 10 – conmocionó a toda la ciudad y generó preocupación por el nivel de violencia. Por avenida 29 –desde 22 y hacia la 20- circulaban  los olavarrienses José Duarte y Enzo Verna. Al llegar a la esquina, donde se encuentra una heladería, uno de ellos le pidió a una de las jóvenes que se encontraba con un grupo en el lugar,  un trago de ‘vino espumante’ a lo que la joven accedió. Uno de los menores imputados la habría increpado por esto, cuando comienzan a intercambiarse insultos entre los dos mercedinos y los olavarrienses. Pero metros más adelante, Duarte le habría arrebatado la gorra a otro menor, tras lo cual los jóvenes con los que habían discutido anteriormente fueron a enfrentarse contra Duarte y Verna y comenzaron a empujarse, insultarse y hasta existió algún golpe, en una pelea pareja hasta ese entonces. Pero un grupo de entre 7 y 10 personas que estaban comiendo en el carro de las hamburguesas ubicado sobre la vereda del Banco Nación se habría abalanzando sobre los dos foráneos. A partir de ahí todo fue un caos y los jóvenes de Olavarría recibieron varios golpes. Verna logró escapar corriendo hasta la estación de servicio ubicada en avenida 29 esquina 18. Desde allí pudo ver cómo varios participaron de la golpiza y cómo alguien –a quien aún no se pudo identificar- golpeó a su amigo tirado en el piso. Minutos después apareció una ambulancia que recogió a José Duarte, quien ya se encontraba con la salud muy comprometida. Dos días después, José Darío Duarte perdió la vida”.


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