La importancia de la visita: Una ceremonia sanadora


Para un enfermo, un anciano, o un privado de libertad, recibir visitas es un evento estimulante y milagroso. Es una noble acción, que sólo requiere de un tiempo dedicado al afecto y la comunión.

Por Marcelo Miguel Zárate

La visita es una noble acción, dotada virtuosamente de bondad, paz y afecto.

La palabra visitar en el diccionario refiere: “Ir a ver a alguien al lugar donde se encuentra, estar con él cierto tiempo para hacerle compañía”.

Ahondando sobre la importancia de la visita, se e ocurren ejemplos diversos: visita a un amigo, a un enfermo, a un niño internado en un orfanato, a un residente en un psiquiátrico, a un privado de libertad, a un ser querido que ya no está…

La visita entre amigos es la más frecuente: feliz, distendida y digna de alegría.

En la visita a los enfermos hay que portar buena predisposición, comprensión y solidaridad. Si hacemos un pequeño esfuerzo, visitar un enfermo puede resultar sinónimo de atención. La más sencilla y valorable atención. Visitando un hospital, uno puede confirmar cuánta atención requieren los pacientes. Más allá de la intervención de los profesionales médicos y enfermeros, existen otras necesidades de un enfermo que podemos atender con un esfuerzo casi nulo: estirar unas sábanas desacomodadas, colocar convenientemente una almohada, humedecer unos labios resecos, trasladar al paciente hasta el baño o simplemente acompañarlo dialogando.  Ya sea un familiar, un amigo o un desconocido, apreciará y valorará nuestra participación con positiva y sanadora emoción.

Equivocado está quien considere en vano la visita a un enfermo psiquiátrico, aludiendo que sólo es útil la atención profesional. ¡Gran equivocación! Sin lugar a dudas resultaría más cómodo convencerse de esta apreciación desafectiva y fría. Se me ocurre preferible el convencimiento y la esperanza de que mediante la visita, acercamos “el milagro de la comprensión”, la comunicación por la vía que sea posible y la calidez del afecto.

Es triste como inevitable que existan orfanatos y asilos de niños. Si alguien refiere que es una realidad imposible de ser revertida tal vez tenga razón. Pero ni siquiera una concientización tal de la realidad ha de impedir nuestra buena decisión de visitar a estos “locos bajitos abandonados” con la ilusión de alcanzar el objetivo de transmitir júbilo y alegría. Los obsequios para los niños, como las golosinas, son elementos apreciados, pero por encima de todo está el obsequio de la visita. Con ella se sienten más endulzados y agasajados que de ninguna otra manera.

¡Innumerables las incidencias favorables que se logran mediante el sencillo acto de dedicar algún tiempo de visita y comunión!

Salvando diferencias esenciales que existen entre niños y ancianos, los valores de la visita para éstos últimos se aprecian de manera muy parecida, sobre todo si –como en muchos casos- los ancianos son “apartados” en geriátricos (me constan tan sólo dos casos entre muchos que conozco, en los que vivir allí fue elección de los protagonistas). Es interesante destacar que los ancianos parecen niños cuando son visitados: niños felices.

Estar detenido, privado de la libertad, preso, no tiene comparación. No es estar enfermo, ni abandonado, ni desquiciado. Estar privado de la libertad tal vez resulte padecer un poco de todo esto y algo más. Sin críticas ni juzgamiento, intento sólo referirme al valor que tiene una visita para un ser que se encuentra sin libertad. Un detenido registrará de por vida por quién ha sido visitado. La visita para un detenido es una de las más sublimes ceremonias. Motiva un entusiasmo sin igual. Provoca un eufórico reconocimiento de respeto y agradecimiento para el visitante. La visita es un evento inolvidable que estimula el mejoramiento total del individuo, lo pone positivo y optimista y lo aleja del resentimiento tan propenso de la cárcel.

Y resta la vista a los seres queridos que ya no viven. Según las creencias y circunstancias, esta visita se consuma en el cementerio, en la iglesia, en el lugar que uno decida. En estos casos, nuestra visita implica un reacomodamiento de nuestra fe para –irrefutablemente- confiar en “comunicarnos”. Hete aquí constituida otra importancia de la visita con el valor inconmensurable del espíritu y la fe.

Se requiere destacar ciertas características con que indefectiblemente debe contar el acto de visitar. Se requiere honestidad, desinterés y hasta valentía de parte del visitante. De no contar con estas virtuosas cualidades, la visita corre el riesgo de transformarse en un acto hipócrita, ventajero y frío.

Consideremos la posibilidad de que alguien visite a un preso solamente por temor. Que alguien visite a un enfermo o a un anciano solamente por conveniencia económica (especulando con una herencia, por ejemplo) o que alguien visite a los niños en un orfanato interesado únicamente en la opinión de la posteridad.

Si hay algo más lamentable que no recibir visitas, es ser visitado en condiciones tan desagradables. Visitar es afrontar una responsabilidad que requiere antes que nada estar bien predispuesto.

Lo magnífico en el visitante es que va al encuentro de quien ansiosamente espera, sin poder hacer nada más que esperar…


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