Extranjeros: La cruza planetaria


La actual ola de corrientes migratorias parece apuntar a una nueva etapa de entrelazamiento de comunidades, destinada a despertar nuestra conciencia de pertenecer a un universo mucho más vasto que el barrio donde nacimos.

Hago la cola en la caja de un supermercado chino de mi pueblo. La dueña le habla a su bebé mientras  ordena mercadería. Le habla en español, en español con acento argentino. Recuerdo escenas similares en muchas partes del mundo: en locutorios de ecuatorianos en Madrid, en trattorías romanas regenteadas por marroquíes, en comercios de Londres atendidos por gente con turbante, o en restaurantes mexicanos explotados por gringos del Norte.

Pienso que una de las mejores cosas que le están pasando a mi pueblo es que va dejando de ser monocultural. En la última década comenzaron a asentarse orientales que montan supermercados, bolivianos que venden frutas y verduras, cubanos que cantan y bailan, y una gran variedad multicolor de otras nacionalidades.

Antes, hace muchos años, vino otra oleada: eran sobre todo italianos y españoles. La mitad de los apellidos de Mercedes se remontan a ese fenómeno de poblamiento aluvional. Imagino que el fenómeno habrá despertado polémicas y molestias entre los nativos de entonces. Pero ¿Quién se acuerda hoy de aquellos debate vanos?

►Un  mundo multiétnico

La xenofobia es realmente un gesto de ignorancia. Brota aquí y allá cada tanto, y se da diferentes argumentos según la época, pero con los años se dispersa por la fuerza arrolladora de la naturaleza. Es que la mezcla, la cruza familiar con el extranjero, es un mandato que figura en la programación genética de la especie. Y con el tiempo este mandato alcanza a todos los pueblos, a todas las familias, a todas las religiones. Y lo que era extraño termina por ser parte del barrio, del grupo de amigos, del círculo familiar.

Nos guste o no, toda la energía del universo apunta en esa dirección.

El antropólogo francés Claude Levi Strauss, en sus estudios sobre la Ley de Prohibición del Incesto, estableció principios interesantes en torno al mandato natural que impulsa la cruza y el mestizaje.

Levi Strauss, que estudió toda su vida los patrones comunes que emparentaban a la especie humana a través de todas las culturas del mundo, estaba intrigado sobre la regla de prohibición del incesto. Se trata de la única regla social común a todas las culturas conocidas. Es decir, tanto en aisladas tribus australianas como en la moderna sociedad occidental, hay normas que prohíben el casamiento y la reproducción entre miembros de la propia familia. La explicación más habitual pasaba por la teoría de que tener descendencia endógena –es decir, con familiares directos- derivaba en malformaciones genéticas. Otra explicación frecuente sostenía que existe un “horror natural al incesto” por el cual todas las sociedades lo prohiben.

Levi Strauss descartó ambas, con argumentos contundentes, no sólo por carecer de demostraciones estadísticas y fundamentos científicos, sino también porque ninguna explica por qué esta regla, a la par de ser universal -existe en todas las civilizaciones y culturas antiguas y modernas-, es la vez es particular -lo establecido en la norma difiere según la sociedad estudiada. En otras palabras: el esquema de prohibiciones varía según lo que cada cultura considera un pariente “prohibido” y otro “permitido”.

La solución a este problema, considerado como un “terrible misterio”, el antropólogo la vislumbró escuchando una conversación entre dos jóvenes polinesios. Uno de ellos le confesaba a su amigo estar enamorado de su hermana, y querer desposarla. El otro le replicó: “¿Por qué quieres casarte con tu hermana? ¿Es que acaso no quieres tener cuñados?”

A partir de este hecho anecdótico, Levi Strauss razonó que el principal efecto de la prohibición del incesto es una mayor cohesión social. La aparición de “mujeres prohibidas” dentro de la familia obliga a sus miembros a establecer contactos fuera de su grupo de origen. Se multiplican entonces los lazos de sangre y las relaciones familiares entre grupos diferentes, y se evita la proliferación de tribus rivales, encerradas en sí misma y en competencia unas con otras.

Este principio permitió evolucionar desde los clanes aislados hacia comunidades más complejas, que fueron la semilla de las primeras ciudades, y que más tarde se fueron entretejiendo en la malla interconectada que es hoy de la especie humana sobre el planeta.

►Bienvenidos los de afuera

Levi Strauss detectó otras ventajas de la cruza y el mestizaje. Las culturas que más progresaron en términos técnicos no lo hicieron por ninguna superioridad racial, sino simplemente por estar cerca unas de otras, y que por lo tanto intercambiaron conocimientos que les permitieron llegar a síntesis acumulativas más rápido que las culturas que permanecieron aisladas. La mezcla y la colaboración entre culturas es la clave del progreso técnico, y es la que ha abonado la aparición de tantos colores diferentes en el planeta azul.

La actual ola de corrientes migratorias en diferentes direcciones parece apuntar a una nueva etapa de entrelazamiento de intereses entre comunidades: es el momento de la cruza planetaria, destinada a despertar nuestra conciencia de pertenecer a un universo mucho más vasto que barrio donde nacimos.

La diversidad, y no la pureza, es la clave del fortalecimiento de la vida. Por eso, bienvenidos los extranjeros donde quiera que lleguen. No sólo aportan fuerza de trabajo y motivación para tomar tareas que los nativos del lugar rechazan. También contribuyen a esparcir el polen de su cultura sobre la cultura local, fecundando la tierra para el nacimiento de nuevas variedades de flores.

Bienvenidos los recién llegados. Pasen. Siéntanse en casa. Y qué bueno que les guste el aire de aquí…


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