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Psicología

El potencial creativo de los mal adaptados

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La innovación suele provenir de marginales, autodidactas y rebeldes • Una falla de identidad, un retraso psicológico, un traumatismo infantil o malas relaciones con los demás son marcas comunes entre adelantados y creadores.

“No es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”. Jiddu Krishnamurti


Por Claudio Fabián Guevara

El rechazo de los contemporáneos puede entrañar el amor de las generaciones del porvenir. Tener malas notas en la escuela puede significar una carrera brillante en la vida. Y ser ignorado por la academia, el futuro ingreso en la historia de los grandes del conocimiento.

En el progreso de la humanidad, un enorme aporte provino de marginales, autodidactas y mal adaptados.

►Díscolos, raros y solitarios

Cristóbal Colón, el empecinado navegante que logró organizar la expedición que unió dos mundos, era una díscola personalidad combatida por los funcionarios de su época. Pese al éxito de su empresa, terminó encarcelado y vilipendiado, y la gloria de su descubrimiento fue adjudicada a un colega más complaciente con las instituciones: Américo Vespuccio, de quien el nuevo continente tomó su nombre.

John Nash, premio Nobel de Economía 1994 por las aportaciones de su Teoría de los Juegos a los procesos de negociación, tenía profundas dificultades para relacionarse con los demás. Tal como lo retrata la película “Una mente brillante”, su mayor característica fue un egocentrismo que le incapacitó para comprender a los demás seres humanos. Y peor aún: parecía esquizofrenia.

Nikola Tesla es una leyenda que crece con el paso de los años. Fue un genial inventor serbio, autor del sistema de corriente alterna, los principios de la transmisión inalámbrica, el radar y la radiofonía, entre otros prodigios técnicos que llevan su nombre. Pero tenía mala prensa. Era víctima de burlas por parte de su rival, Thomas Edison, favorito del establishment. Y murió amargado, tratado como un marginal de las ciencias.

Y la lista sigue. Es muy común hallar, entre los grandes innovadores, a personas que tenían conflictos con su ambiente o que eran ignorados por las instituciones. Y tiene su lógica.

La sociedad se organiza en torno a normativas, doctrinas y verdades oficiales que se convierten en “prisiones del pensamiento”. Desde la infancia estamos culturalmente hipnotizados, y aprendemos la conveniencia de andar y pensar por ciertos caminos. Cualquier desviación a la norma es condenada al silencio, la no atención o el ridículo.

Por eso el acto creativo, la teoría revolucionaria, el grito que describe que el rey está desnudo, proviene a menudo de inadaptados y marginales, aquellos que no disfrutan del calor del poder y por lo tanto no temen que los deje desamparados. Y también por quienes desconocen las reglas del conocimiento oficial, y por lo tanto, se aventuran por caminos alternativos.

“A menudo se constata que los descubrimientos importantes han sido hechos por individuos que no pertenecen a la rama especializada que han renovado o que no sabían que, según las opiniones autorizadas, el descubrimiento que acababan de hacer era imposible” (Moscovici, 1966).

El valor de una ruptura

Darwin fue un amateur ecléctico y Faraday un autodidacta. “¿Hubieran inventado el primero la teoría de la evolución y el segundo la ley de la inducción electromagnática si se hubieran beneficiado de una formación universitaria especializada?”, se pregunta Edgar Morin.

Morin considera importante en la creatividad la ruptura con el Imprinting, que son las marcas indelebles que nos dejan las primeras experiencias de vida. Es Imprinting es el impulso que lleva al pajarillo a seguir como a su madre al primer ser vivo que pasa por su nido. Todos los seres humanos tenemos un Imprinting que nos marca desde la infancia con el sello de una cultura. Los grandes creativos han sido capaces de distanciarse de ese conjunto de valores, para introducir nuevos puntos de vista. Y habitualmente, se ha tratado de personas mal adaptadas.

“Todo ocurre como si la historia creara situaciones que permiten a ciertos espíritus vivir experiencias radicales y acceder a problemas antropológicos clave”, dice Morin. “A menudo suelen ser hijos naturales y bastardos culturales, divididos entre dos orígenes, dos modos de pensamiento, o los desclasados, exiliados, los que sienten una falla en su identidad o en su pertenencia…” Una ´mala educación´, un retraso psicológico, una imperfección, un traumatismo infantil constituyen igualmente condiciones importantes para la desviación intelectual.

Muchos creativos viven un “sentimiento de extrañeza” para consigo mismos y su cultura. Albert Einstein se describió a sí mismo en estos términos: “Soy un verdadero solitario que nunca perteneció con todo su corazón al estado, el país nacional, al círculo de amistades, ni siquiera a la familia restringida, y que he experimentado, respecto de todas esas ataduras, un sentimiento de extrañamiento que nunca se ha calmado”.

El mismo Eisntein fue un niño de desarrollo tardío, y ahí residió una de sus fortalezas: “El adulto normal nunca se rompe la cabeza con los problemas del espacio y el tiempo. Todo lo que tiene que pensar a este propósito ya fue elaborado durante su infancia. Pero yo me desarrollé tan lentamente que no comencé a interrogarme sobre el espacio y el tiempo hasta que fui adulto. En consecuencia, he tratado el problema más a fondo de lo que lo hubiera hecho quien haya tenido una infancia ordinaria”.

La lista de ejemplos de “mal adaptados” es extensa. Y la lógica de la superación del conocimiento sigue intacta: la desviación innovadora surge en la periferia, en la marginalidad y en el territorio del error.

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