Caminatas: El discreto encanto de la tracción a sangre


Hacer el camino a pie nos abre las puertas a experiencias siempre diferentes, descubrir nuevos lugares y ejercitar nuestros sentidos. Caminar es una necesidad del cuerpo, una función vital. ¿Por qué no caminamos más?

Por Claudio Fabian Guevara

Pasan cosas mágicas cuando uno se baja del auto. Hacer el camino a pie nos abre las puertas a experiencias siempre diferentes. Llegar caminando nos permite hacer paradas, conocer amigos, descubrir nuevos lugares y ejercitar nuestros sentidos. ¿Por qué no caminamos más?

Caminar es una necesidad del cuerpo, una función vital para la salud. Tanto lo es que, ahora que no caminamos porque la industria del transporte nos lleva a todos lados, nos ponemos a caminar sobre una cinta mecánica del gimnasio.

Mucho de este contrasentido se explica a partir del culto a la motorización individual.

►El liberador nos ha secuestrado

Hay mucho de irracional y enfermizo en nuestro tributo al automóvil y al transporte moderno. Estamos enamorados del estatus y el glamour que supone llegar conduciendo al trabajo, aunque esté a 10 cuadras de nuestro hogar. Y sobre todo, creemos que ganamos tiempo.

En realidad el coche se ha convertido en un devorador de horas y recursos. Si sumamos las horas que invertimos al año arriba del auto -viajando o atascados en un embotellamiento- las horas buscando estacionamiento, llevándolo al lavadero o al mecánico, y las horas de trabajo que le dedicamos a pagar su adquisición, los impuestos y el combustible, las cuentas emitirán un veredicto sombrío: el liberador de nuestro tiempo nos ha secuestrado. Esclavizados por su mantenimento, la cuota del seguro y los cuidados que se multiplican, nos hemos convertido en la herramienta de nuestra herramienta. Se ha hecho realidad el slogan publicitario de un nuevo modelo que reza: “It owns you” (Te posee, le perteneces)

Hace ya tres décadas, Ivan Illich llamó la atención sobre esta grosera deformación del carácter inicialmente utilitario del automóvil. “El hombre norteamericano típico consagra 1.500 horas por año a su automóvil… Le consagra cuatro horas por día en las que se sirve de él, se ocupa de él o trabaja para él”. Estas 1.500 horas le sirven para hacer unos 10 mil kilómetros de camino, es decir, 6 kilómetros por hora. ¡Que es exactamente lo mismo que recorre el hombre promedio en las sociedades no motorizadas!, apunta Illich. Con la diferencia que en las sociedades sin industria del transporte, el hombre le dedica a sus desplazamientos entre un 6 y 8 por ciento de su tiempo social disponible. Y en cambio, en las sociedades motorizadas, consumidoras voraces de energía y amantes de la velocidad, el desplazamiento cotidiano se roba el 25 por ciento de nuestro tiempo!

El diseño de la sociedad contemporánea, orientada hacia el automóvil y la industria del transporte en general, está destinado a colapsar. Lo vemos día a día. A medida que los vehículos se multiplican, la pretendida velocidad que queríamos alcanzar se vuelve más inalcanzable. Nos vemos obligados a trabajar cada vez más horas para pagar el transporte necesario para ir al trabajo. Es una espiral infinita, consumidora de tiempo y energía, que para colmo, engendra una  contaminación galopante.

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►El culto de la caminata

Sin embargo, no es tan fácil salir de la maraña de hábitos y tendencias colectivas que nos empujan todo el tiempo hacia el automóvil. El sueño de la movilidad propia está hecho carne en millones de personas. Y para la mayoría parece absolutamente absurdo caminar si uno tiene la alternativa de “la comodidad” del coche.

Pero aún así, podemos hacer de la caminata un culto personal. No hablo solamente de caminar por deporte, o por distracción. Hablo de usar las dos piernas para los desplazamientos cotidianos y funcionales: para ir al trabajo, a buscar a los chicos a la escuela o a visitar amigos.

Se trata de andar a pie con orgullo, sin dar explicaciones sobre sus beneficios ni soltar justificaciones ecologistas. Caminar porque es parte de nuestra naturaleza, con gozo y sensualidad, con la alegría de ser físicamente independiente, recuperando una parte de la anatomía que parece amputada en muchas personas.

Caminar para ganar tiempo. Para despertar del efecto hipnótico de la sociedad motorizada y sustraerse de la necesidad compulsiva de andar en auto.

Caminar, en suma, para sentirse libre.


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