La revolución de la mecánica cuántica


El más duro golpe a la visión clásica del mundo fue asestado por la mecánica cuántica, que abrió un campo deslumbrante de nuevos sentidos. El rostro de un viejo conocido aparece detrás de la misteriosa energía que gobierna la materia.

¿Cuáles son las bases del paradigma científico que se resquebrajan?

La Revolución científica de la modernidad se instaló sobre ciertas nociones básicas, que en forma simplificada, sostienen lo siguiente: El mundo es una máquina (mecanicismo), cuyo funcionamiento se puede llegar a comprender si lo reducimos en partes pequeñas (reduccionismo). La trayectoria de los objetos se puede determinar con precisión (determinismo) y todo es explicable por relaciones lineales de causa y efecto (causalidad).  Finalmente, es posible aspirar a un conocimiento objetivo del mundo (objetivismo).

Una nueva mirada del mundo, a través de diferentes vertientes teóricas, postula un mundo radicalmente diferente.  El mundo es un sistema dinámico no lineal: todo está interrelacionado y la parte es inseparable del todo; los efectos influyen sobre las causas; las trayectorias de los objetos solo se pueden calcular probabilísticamente.

En suma, el universo no es un espacio plano, sino un holograma con diferentes niveles de realidad, donde no hay un principio universal de percepción y la realidad es escurridiza.

Eso no significa que las bases de la ciencia moderna estén descalificadas. Pero sí que funcionan solamente en algunos niveles de realidad. Que esta realidad solo es aprehensible en forma aproximada. Y que no es un “algo” afuera, sino que estamos inmersos en ella.

Adiós al sueño de la objetividad

La ciencia moderna postuló que el conocimiento objetivo es posible y surge de la distancia entre nosotros y la naturaleza observable. Pero tal distancia no es alcanzable: hoy sabemos es que el observador siempre influye en lo observado.

El físico alemán Werner Heisenberg puso en evidencia que el investigador y sus instrumentos de medición influye y modifica aquello que pretende ser observado y medido. Es como si quisiéramos establecer objetivamente las características del flujo de un arroyo, y para hacerlo necesariamente tuviéramos que meter la mano en el agua: es evidente que nuestra intervención modificará aquello que pretendemos medir. Esta noción invalida la  idea de la valoración objetiva de los fenómenos que se estudian, y convierte en relativo lo que aspira a ser exacto, que es la pretensión de la Ciencia.

Por otro lado, las investigaciones llevadas a cabo por la propia ciencia moderna sobre el mundo de los sentidos, confirman la idea de las numerosas formas y niveles de percepción entre animales de distintas especies, así como de los hombres entre sí, lo que impide establecer un principio universal de percepción y convierte a la realidad en escurridiza.

Todos los seres perciben diferente. Por ejemplo, no se trata de que considerar que los colores se “ven” diferentes desde distintas culturas o criaturas del universo: los colores en realidad no existen “ahí afuera”. Percibir es un acto creativo: nuestros sentidos crean imágenes mentales a partir de ciertos estímulos externos. Entonces, ¿Cómo establecer qué es la realidad?

Estas nuevas nociones, junto con la influencia de las teorías del caos, de la relatividad y sobre todo de la mecánica cuántica han reducido la ilusión de infalibilidad de los postulados ciencia moderna. El más duro golpe fue asestado por esta última, que abrió un campo deslumbrante de nuevos sentidos.

La nueva reina cuántica

La reina de la ciencia moderna fue sin duda la física, que sentó las bases del resto de las disciplinas. La física clásica, si bien sigue teniendo aplicación en el mundo macrofísico, fue destronada por la mecánica cuántica en el nivel de lo micro.

La física se concentró en el estudio de la materia: partículas, moléculas y átomos eran considerados los “ladrillos” del mundo. La mecánica cuántica estableció que todos ellos son impulsados por “paquetes” de energía que Max Planck a principios de siglo llamó “cuantos”.

Los cuantos contienen una parte de  energía espiritual pura y otra parte de energía más condensada, por lo que actúan a modo de nexo entre lo extremadamente sutil y la materia.

El origen de esta energía está en una misteriosa energía subcuántica, proveniente de un incierto Más Allá cósmico y que obedece a reglas precisas, como si cada “cuanto” llevase grabado un programa que le induce a interactuar en el enorme cosmos.

¡Un programa subcuántico, invisible y todavía no bien conocido, es la fuente de alimentación de los “cuantos” que a su vez “conducen“ a los átomos!

¿No tiene esto implicaciones místicas? ¿Llegamos al punto donde el espíritu interactúa con la materia?

La mecánica cuántica ha llegado a determinar el funcionamiento de este nivel de la realidad, y esto se ha traducido en logros de dominio de la materia, al estilo de la ciencia moderna. Sin embargo, otra cosa es descubrir de dónde procede esta energía, y por qué se manifiesta de esos modos y no de otros.

En conclusión

Somos parte indivisible de un mundo, del cual estamos hechos “a imagen y semejanza”. Una energía invisible, misteriosa y omnipresente gobierna la materia.

Después de un largo camino de exploración del mundo, la aventura humana del conocimiento nos pone de frente al rostro de un viejo conocido.


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