El regreso de Dios: La ciencia espiritual


“Empieza hoy a reconocerse una dimensión psíquica en la naturaleza… de la cual la mente humana es apenas una parte, una mente inmanente al sistema social global y a la ecología planetaría que algunos llaman Dios”. Bounaventura de Souza Santos.

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Por Claudio Fabián Guevara

¿Y si la idea de Dios fuese un gigantesco acto de intuición colectiva?

La noción de una fuerza creadora, el concepto de Dios como origen de todas las cosas es tal vez el fenómeno cultural más fecundo, longevo y transcultural de la historia. Pocos tópicos tan universales, tan omnipresentes, tan transversales al devenir humano.

Dios, arrinconado por la racionalidad moderna que consagró el culto a un universo concebido como una gigantesca máquina de relojería, vuelve de la mano de la ciencia que tres siglos atrás intentó confinarlo al basurero de la historia. Dios regresa, al compás de nuevos y deslumbrantes descubrimientos sobre un universo cuya complejidad se resiste a nuestras formulaciones.

La idea de Dios atraviesa la constitución misma de nuestra especie sobre la tierra. Toda cultura y todo tiempo hacen referencia al concepto. ¿Podemos sospechar que llevamos esa noción inscrita en los genes?

Un meme exitoso

Richard Dawkins expone una elocuente síntesis de la permanencia del concepto de Dios en su libro “El gen egoísta”. Dawkins esboza aquí su teoría de los memes, como unidad de información cultural transmisible de un individuo a otro, o de una mente a otra y de una generación a la siguiente. Para Dawkins, los signos son como genes, cuyos ejemplares más fuertes pujan por reproducirse. Así como los genes serían los responsables de la propagación de ciertos patrones biológicos de generación en generación, los memes harían lo propio con los patrones culturales.

Los genes pujan por reproducirse y los memes también.

Los “memes” habitan la mente de las personas, las parasitan, y pujan por expresarse para “parasitar” otras mentes mediante su multiplicación y replicación. De hecho, para Dawkins se trata de un proceso evolutivo de características similares al biológico, al punto que considera a los memes estructuras vivientes no sólo metafóricamente, sino técnicamente.

En definitiva estos “memes” se propagan de un cerebro a otro mediante un “proceso de imitación”. Un ejemplo son las ideas, las modas, formas de actuar y de hacer… o la idea de Dios.

La idea de Dios es particularmente longeva y fecunda. Para Dawkins, la persistencia del “meme-Dios” es el más claro ejemplo de un “meme exitoso”, ya que para el conjunto de los memes se dan las características propias de todo proceso evolutivo: fecundidad (algunas ideas son especialmente efectivas) y longevidad (persisten durante mucho tiempo), entre otras.

Dawkins como científico se muestra fastidiado por la estabilidad y penetración en el medio cultural de este meme antiguo y testarudo. El origen divino de la creación y todas sus derivaciones no tienen lógica ni sustento para Dawkins, pero él explica su éxito por su ensamblaje con “conjuntos de memes” que le dan coherencia y utilidad al concepto, a su vez reforzado por un arte a la medida y “una gran atracción psicológica”, lo que constituye su “valor de supervivencia”. Es decir, la idea de Dios se asocia con un sistema de premios y castigos en la vida después de la muerte, y con un respaldo constante por parte de una entidad protectora. Por ese motivo el “meme-Dios”, esta idea añeja y persistente, viaja a través de todas las eras y culturas desde el inicio de la aventura humana, dice el científico.

Dios bajo fuego

Sin embargo, me pregunto si la visión de Dawkins explica por qué el concepto sobrevive con tanto vigor en la vida moderna, pese a que fue sometido a fuego cruzado, como ritual secundario frente al verdadero Dios de los últimos siglos: el poder de la tecnociencia y el dinero. Y por qué el concepto reaparece casi subrepticiamente como una categoría mental con creciente fuerza en las formulaciones de los filósofos del nuevo paradigma transdisciplinario.

La idea de Dios fue progresivamente descalificada y despojada de su poder desde que comenzó a fermentar la maduración de las formulaciones newtonianas y se sentaron las bases de la ciencia moderna, hace tres siglos.

Esto implicó un profundo cambio en el significado del mundo para el hombre.

El mundo medieval vivía en sincronía con el cosmos (“como arriba, abajo”). El hombre se consideraba a sí mismo un engranaje más en armonía con un orden natural, y las cosas tenían vida propia. Se rendía tributo a montañas o ríos. Se pedía permiso al entorno para intervenir. Los alquimistas consideraban que los metales tenían “personalidad”. Dios, como una idea polimórfica a través de diferentes cultura e individuos, reinaba sobre este ensamblaje.

Este mundo fue “desencantado” por el nuevo relato del mundo que se impuso con la modernidad. En su lugar, el modelo de la tecnociencia entronizó una visión radicalmente diferente: el hombre como rey de la creación, separado de la naturaleza, destinado a controlarla en lugar de venerarla. Consagró el culto el culto a la voluntad de dominio y explotación. Dios fue confinado al lugar de espectador, un abuelo retirado sin influencia efectiva, bienvenido en la mesa sólo para bendecir el proceso de expansión de la tecnociencia capitalista.

La modernidad consagró al individuo como el centro de la vida y lo lanzó a la carrera de dominar el mundo y enriquecerse.

Tres siglos después, con el formidable impulso de la tecnociencia, su desarrollo lógico ha llegado a su paroxismo.

Por un lado, una acumulación técnico científica sin precedentes, que inteligentemente “en-acciónada” permitiría una liberación masiva de la humanidad de enfermedades, males endémicos y violencias. Pero que desarrolla una “atomización generalizada”, una “parcelación absurda”, dislocada en “mil saberes ignorantes”, y que de la mano de un desarrollo tecnológico desordenado, “nos separó de la naturaleza en vez de unirnos en ella”. Una ciencia que consagra que “la explotación de la naturaleza es el vehículo para la explotación del hombre”.

Por otro lado, un modelo de sociedad cuyas lógicas internas lo llevan a producir despilfarro y depredación global. Donde cada vez es más angustioso vivir y cunde la desconexión generalizada de unos con otros. Donde está clara la creciente dificultad para resolver la complejidad de los problemas. Donde se generaliza un sentimiento de zozobra, de pérdida y de inexplicable vacío.

Hay claras señales del agotamiento de un ciclo, del final de la hegemonía de un cierto orden social y científico.

La ilusión del control de un mundo mecánico y lineal se va derrumbando para darle paso a una nueva forma de conocimiento científico centrada en un sentimiento de comunión, empatía y solidaridad con el resto de la creación. Una ciencia que integra saberes y dialoga con todas las formas de conocimiento humano. Una ciencia que recupera el valor de lo sagrado, y le rinde culto a lo impredecible, a la magia y al misterio. Que se pone al servicio de la resolución de problemas cotidianos y le tiende la mano a lo espiritual.

En este orden, Dios regresa a escena, de la mano de nuevos y deslumbrantes saberes que nos provocan la sensación de que, al cabo de 300 años de historia, el final nos coloca de nuevo en el comienzo. No frente a Dios en sus formulaciones medievales, antropomórfico, justificador de guerras y exterminios, jefe espiritual de una iglesia o receptor de dineros y riquezas terrenales. Pero sí Dios como fuente de energía espiritual, omnipresente y omnisciente. Dios, tal vez, como algo de lo que siempre supimos como especie, no por vía del razonamiento lógico matemático, sino como un gigantesco acto de intuición colectiva.

En esta serie que se inicia hoy repasaremos por qué el carruaje de la ciencia moderna cruje, y por qué en su lento desguace una idea antigua vuelve a aparecer en el horizonte como la explicación última de todas las cosas.

Tal vez, como tantos otros saberes rescatados, no es que no lo supiéramos: sólo lo habíamos olvidado.

Bibliografía
Richard Dawkins, “El gen egoísta”.
Buonventura de Souza Santos. “Una epistemología del Sur”. Clacso ediciones, 2009.
Morris Berman. “El desencantamiento del mundo”.
Edgar Morin, “El Método I. La naturaleza de la naturaleza”.


3 comentarios sobre “El regreso de Dios: La ciencia espiritual

  • el 27 enero, 2015 a las 16:09
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    Mi dios Dios no ha muerto, forma parte de la mitología universal, los mitos no mueren aunque no existan realmente.

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  • el 3 febrero, 2015 a las 20:06
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    Enhorabuena por el artículo. Me parece que has encontrado la mejor manera de explicar una visión de un Dios-Eenergía-Universo-Consciencia que, a mi entender ya forma parte de la creencia de mucha gente.
    Hace poco escribí un post de contenido muy similar en mi blog. Se titula “”Somos Dios””. http://www.cuanticas.com
    Un abrazo

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  • el 3 febrero, 2015 a las 20:06
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    Hola José Luis. Miré tu sitio y leí tu artículo. Efectivamente, parece que somos unos cuantos con estas visiones en la cabeza. La famosa sincronía…. ¿De dónde vienen estas nociones?
    Felicitaciones por el sitio. Un abrazo

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