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Babel

BABEL (conclusión) :: Los frutos del diálogo profundo

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Si dejamos en suspenso las creencias personales, y derribamos la barrera de lo necesario, brotan significados compartidos. Aflora una mente colectiva, con un mayor potencial creativo, relaciones más igualitarias y un sentimiento de cohesión grupal.

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Por Claudio Fabián Guevara

El segundo postulado para emprender el difícil arte de dialogar consiste en derribar la barrera de lo necesario.

Dice David Bohm que “todos los conflictos en un diálogo tienen que ver con la noción de necesidad”.

Cuando creemos que algo es necesario planteamos una dificultad importante en el intercambio de ideas, ya a partir de ese momento, nos cerramos a cualquier otra posibilidad: las cosas sólo pueden ser de un modo y no de otro. Si nuestros interlocutores no atienden a nuestra “necesidad “, nos sentimos ignorados y nos ofendemos. Acto seguido, negamos las necesidades ajenas, y comienza el habitual “choque de necesidades”.

¿Cómo derribar la barrera de lo necesario?

En primer lugar, hace falta reconocer que a menudo nuestras “necesidades” personales no son más que otro tipo de creencias y opiniones. Las cosas que nos planteamos como “absolutamente necesarias” son productos del pensamiento, construcciones individuales, que a veces ni siquiera sabemos de dónde vienen.

Luego, Bohm propone establecer necesidades communes a todos. Si nos preguntamos: “¿Qué es lo absolutamente necesario?”, podremos hacer una diferencia entre lo que que nuestro ego considera como necesario y las verdaderas necesidades humanas. Estas no son creencias, sino cosas tan elementales como comida, techo o cariño. Sobre las necesidades colectivas no hay necesidad de imponer nada o convencer sobre ellas: todos tenemos conciencia de su importancia fundamental. Por lo tanto, establecer necesidades comunes es un buen inicio, porque puede constituir un rumbo común para el intercambio de ideas. Y junto con la suspensión de los juicios y opiniones personales, le abre la puerta a un proceso de gran potencial y riqueza.

Camino a la mente colectiva

Recapitulemos.

El diálogo es un proceso cada vez más difícil en la sociedad actual, por la escasez de significados compartidos y la incapacidad generalizada para escuchar.

Para dialogar, David Bhom propone, en primer lugar, dejar en suspenso las creencias personales, para así poder escuchar al otro. En segundo lugar, derribar la barrera de lo necesario. No se trata de eliminar nuestras creencias e ignorar nuestras necesidades, sino de dejarlas en suspenso, ponerlas a un costado, observarlas como si fueran criaturas ajenas a nosotros.

¿Cuál será el resultado de este proceso? Básicamente, seremos capaces de pensar juntos. El diálogo conduce a un pensamiento colectivo, a una mente única, donde todas las posturas se exponen y finalmente brota un significado compartido, sin autoría individual.

No se trata de un camino señalado hacia la verdad. En el diálogo compartimos todos los caminos y nos damos cuenta de que ninguno de ellos es imprescindible. Es un proceso donde volcamos nuestras ideas en una piscina común, disolvemos los impulsos egoicos que nos llevan a buscar el protagonismo, y esperamos que aflore espontáneamente un contenido común que podamos compartir aun cuando no estemos totalmente de acuerdo. En pocas palabras: es el surgimiento de una verdad sin que nadie la haya elegido.

Es algo muy diferente al típico debate de ideas que busca definir líneas de acción y liderazgos, convenciendo y persuadiendo a una audiencia pasiva, y que por lo tanto arroja ganadores y perdedores. El diálogo es un método para cultivar la creatividad colectiva, apuntando a que se despierte un nuevo tipo de conciencia, una conciencia participativa. Es un intento de que el significado fluya libremente entre los participantes y se genere algo nuevo: un significado grupal, un ser con muchos ojos, una inteligencia colectiva que supere el individualismo y el impulso de dominación.

En el debate se llega, en el mejor de los casos, a un pensamiento homogeneizado, a un cierto nivel de acuerdos. Previamente hubo un proceso de imposición, persuasión y convencimiento, un pensamiento guiado por una sola persona o una jerarquía en base a un plan previamente establecido por una mente a un grupo reducido.

En el auténtico diálogo, en el diálogo profundo, los resultados son inimaginables y no tienen límites. Los líderes convencionales le temen a esos procesos, porque el control se les escapa de las manos. El diálogo profundo da como fruto la combinación y condensación de muchas mentes, un pensamiento colectivo, horizontal y desjerarquizado. No solamente tiene un mayor potencial creativo, por la posibilidad de que afloren nuevas relaciones lógicas, significados inesperados e ideas revolucionarias. También crea entre los participantes relaciones más igualitarias y afectivas, y un mayor sentimiento de cohesión grupal.

En el mundo actual, ¿No nos hace falta emprender un proceso así a gran escala?


Círculos de diálogo

Inspirados en las ideas de David Bohm, muchos grupos en el mundo llevan a cabo círculos de diálogo en escuelas, universidades, centros de trabajo y comunidades. Para llevar a cabo el diálogo, la gente se dispone en círculo, sin un líder, aunque puede haber un moderador. Muchos no se plantean ningún objetivo explícito, más allá de comunicarse de manera coherente según las ideas básicas de la práctica: suspender los juicios y creencias personales, posponer las necesidades personales. Al cabo de varias semanas de encuentros, suceden cosas milagrosas: afloran emociones, la gente se afloja y abandona máscaras dolorosas, aparecen problemas comunes y sus soluciones, y sobre todo, los participantes aprenden a comunicarse mejor.

Los “resultados” prácticos son tan alentadores, que la Universidad Veracruzana de México ha implementado en 2010 un programa para llevar círculos de diálogo a una cantidad progresiva de áreas de trabajo.

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